La fe como gasolina para la vida

Por Beatriz Ticali

 

Esta columna es parte de nuestra serie #WellWednesday donde distintos expertos comparten información, experiencias y sus filosofías de bienestar.

 

Creer: verbo transitivo. Considerar una cosa como posible o probable, sin llegar a tener una certeza absoluta de ello.

 

Fe: Convencimiento íntimo o confianza, que no se basa en la razón ni en la experiencia, en que una persona es buena, capaz, honrada, sincera, etc., o en que algo es eficaz, verdadero, posible, etc.

 

"Su pesimismo a veces se imponía sobre su fe en sí mismo". Si creemos ciegamente en dioses, predicciones del futuro, astrología, brujería, en la vida después de la muerte, energías, vibras, presentimientos, corazonadas, ¿por qué será tan difícil creer en nosotros mismos?

Independientemente de la generación a la que pertenezcas, si eres religioso, si sigues algún movimiento, a alguna clase de culto o eres científico hasta la muerte, hay una sola cosa que todos tenemos en común en la que deberíamos creer: La fe en nosotros mismos.

Esa última frase significa entender que tenemos poder sobre nosotros, nuestras acciones y decisiones, que somos capaces de escuchar nuestra intuición, de respetar nuestros deseos, de sernos fieles a nosotros mismos, y de confiar más en los que sentimos y pensamos en vez de buscar la opinión externa. Claro, como todo, no quiere decir que a partir de ahora no escuchemos a más nadie y endiosemos nuestras propias opiniones, pero sí significa darnos la importancia que merecemos.

 

La fe en terceros

Sabemos que la fe funciona como gasolina para construir quiénes somos y lo que hacemos. Por años la fe en terceros ha esculpido nuestras vidas. Hablar en nombre de la religión católica, por ejemplo, no sólo era bien visto, sino una obligación en gran cantidad de sociedades. Los comportamientos de las mismas se adecuaban a las creencias de esa religión y miles de personas sacrificaban vidas, existencias felices y vivían bajo el constante remordimiento y castigo sólo porque la fe en esa doctrina era la aceptada.

Con el tiempo, se abrió el paso a miles de otras “opciones” (por llamarlas de alguna manera), en las que la sociedad moderna pudiera creer con el fin de actuar de otras formas y ser un poco más libre a la hora de tomar decisiones. Sin embargo, aunque pertenezcamos a la era de la comunicación y tecnología, decidimos enfocarnos en seguir creyendo en otros en vez de dirigir parte de esa energía hacia nosotros mismos. Esto último nunca ha sido prioridad cuando hablamos de fe.

Pero, ¿Por qué es importante dividir mi fe? Creer en nosotros mismos se complementa con cualquier otra creencia que tengamos y hace que esa gasolina que nos da buscar el sentido de la vida a través de un tercero, sea aún más intensa al involucrarnos de una manera especial.

Si creo en mí, me doy opciones y me doy la licencia para probar miles de veces hasta lograr mi objetivo. Es regalarme alas que me permitan llegar más rápido a mi destino y tener claro que, independientemente de lo duro que sea el camino, tengo la capacidad para lograr lo que quiero en cualquier aspecto de mi vida.

En cambio, no tenerse fe podría interpretarse gráficamente como una cadena corta con candado pegada a una pared de un lado y a nuestra cintura del otro. Tenemos la llave a nuestro alcance para salir al mundo con miles de opciones y oportunidades, pero preferimos quedarnos atados.

Los efectos psicológicos de creer en nosotros mismos son abrumadores porque, como siempre hemos sabido, la mente es la responsable de cambiar por completo situaciones y hacer que logremos cosas extraordinarias con tan solo cambiar el “mindset”. Por lo que mantener dentro de nuestros pensamientos la afirmación de nuestra capacidad hace que ni siquiera el cielo sea el límite para nuestras posibilidades.

Además, uno de los aspectos más interesantes de la fe es que no tienes que esperar a que otros la tengan en ti. Puedes empezar desde ya y que los demás, si quieren, se vayan juntando en el camino.

 

Esa época del año otra vez…

Estamos en esa época del año en la que nos queremos prometer miles de cosas, queremos lograr llegar a nuestra mejor versión en tres semanas y empezar el próximo año con todo bajo control, pero sinceramente, lo más probable es que nada de eso ocurra. Por esta razón creo que la clave para terminar el año bien y comenzar el que viene con el pie derecho es practicando la fe en nosotros mismos.

Apartando nuestras otras creencias, si reservamos un poco de fe para hacernos un “autoregalo”, creo que los resultados pueden llegar a ser maravillosos. Imagínate pensar “tengo fe en mí” cada vez que pienses en alguna nueva meta o cuando estés a punto de tirar la toalla, con la misma intensidad que lees tu horóscopo semanal o rezas para pedir por la salud de un amigo.

Entender que somos seres a los que se les puede tener fe, es una idea transformadora que además de subirnos el ánimo, funciona como un excelente mecanismo de defensa a la hora en la que entran los pensamientos autodestructivos y obsesivos.

Me tengo fe. Empieza el 2022 repitiendo esa frase. La fe mueve montañas.

 
Etiquetas
fe, religión, confianza

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