Soledad: ¿friend or foe?

Por Beatriz Tícali

Esta columna es parte de nuestra serie #WellWednesday donde distintos expertos comparten información, experiencias y sus filosofías de bienestar.

 

Tranquilidad, introspección y autoconocimiento. Esto es lo que representa para mí pasar tiempo sola. Sin embargo, me doy cuenta que mientras más lo hago, más me cuesta socializar y tolerar estar con otras personas. Y les confieso algo: me estoy volviendo adicta.

Desde hace poco la connotación negativa de la palabra “soledad” se ha visto desplazada por otra más amable y empática, que logra asociarla con adjetivos como “terapéutica” o “refrescante”. Vemos por todas partes los beneficios de la soledad, y hemos aprendido que tomarnos un tiempo para nosotros y hacer actividades que nos gustan sin compañía ayuda a mejorar nuestra autoestima y nos permite conocer mejor quienes somos.

Hasta aquí todo va bien. El problema es que rápidamente se comenzó a vender la soledad como la mejor opción, sin discriminar situaciones o personalidades. Nos vendieron que hay que alejarse de todo aquello que nos haga sentir un poco incómodos y que la única manera de crecer mental y emocionalmente es retirándose por unas cuantas semanas. Todo esto bajo el falso concepto de “amor propio”.

Se comenzó a utilizar la soledad como excusa para justificar nuestra poca tolerancia y la falta de experticia para lidiar con situaciones de la vida cotidiana que requieren un mínimo contacto social.

Las opciones para resolver problemas se redujeron a respuestas con grado cero de tolerancia: ¿No te gusta?, aléjate ¿No te hace feliz?, retírate sin importar el compromiso ¿Te hace sentir incómodo?, es malo. No se da espacio a que, no sólo existen, si no que son necesarios otros caminos para manejar situaciones.

Elegir la soledad en ciertos momentos es la mejor opción, claro, pero no siempre. Si bien conseguir espacios para practicar actividades que nos gustan y disfrutamos es más que válido y necesario, todo tiene un límite. La vida es balance.

¿No es esa su magia? Conversar, estar callado, escuchar otros puntos de vista, escribir los tuyos, discutir, abrazarse, aprender a manejar la incomodidad, llorar, reír, leer en completo silencio, servir al otro, que te sirvan, compartir comida, disfrutar un plato solo, las miradas incómodas, las miradas de complicidad, bailar en pareja, cantar a todo pulmón solo en casa, recordar historias, hacer chistes malos, reírse de esos mismos chistes, meditar, cocinar a nuestro gusto.

La vida es eso. El equilibrio mágico entre compartir con otros y los pequeños momentos de soledad, pero lamentablemente mientras más pasa el tiempo mayor es el interés de la humanidad por zafarse de la realidad y dejar de practicar nuestras habilidades sociales: percibir lo que piensa y siente el otro a través de miradas, gestos, posturas, y entonación, para enfocarse en ellos.

Entonces, ¿hasta qué punto estar solo es sano? Hacer un “detox” de personas tóxicas en nuestras vidas, por ejemplo, podría considerarse como sano, pero ¿quién traza la línea entre que realmente la persona es tóxica o simplemente no somos capaces de tolerar a alguien que piense diferente a nosotros?

Es momento de dejar de utilizar nuestros miedos y ansiedades para justificar el poco contacto físico que nos queda, porque vivimos en tiempos donde inevitablemente cada vez son menos los espacios que fomentan la comunicación en persona y más los que apoyan traducir sentimientos, inseguridades y traumas en likes, reacciones y shares.

¿Nos interesa vivir en un mundo sin tolerancia?

¿Nos enriquece estar siempre solos?

¿Es realmente la soledad lo que añoramos o se podría resolver siendo un poco más cuidadosos a la hora de recibir a alguien en nuestras vidas?

Sal a tu caminata diaria para escuchar solo tus pensamientos, pero no olvides que es igual de importante conectar con otros seres humanos y practicar la tolerancia.

Etiquetas
soledad, aislamiento

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