¿Por qué no deberías abusar de los antibióticos?

Mariángela Velásquez 

 

 

Mis hijas sufrieron de infecciones recurrentes cuando eran pequeñas. Algunas fueron tan fuertes que terminaron hospitalizadas con neumonías severas o convulsiones febriles. Y por eso para mi la congestión nasal y el dolor de garganta eran sinónimo de antibióticos.

 

Hoy comprendo que no había una causa única para esa propensión tan fuerte a las enfermedades respiratorias. Tenían predisposición genética a la rinitis, el goteo retronasal y las alergias. Vivían en una isla calurosa y húmeda. Estaban expuestas de manera constante al polvillo que soltaban las palomas que vivían en el techo del edificio y que no había manera de espantar. Sus fosas nasales estaban constantemente irritadas por los bruscos cambios de temperatura de unos 21ºC en el interior de las casas, centros comerciales, restaurantes, aulas educativas a los 30ºC del exterior.

 

Todos esos factores eran un cóctel molotov para la salud respiratoria de mis niñas. Los mocos verdes siempre volvían y como madre me sentía aliviada cuando regresaba de la consulta pediátrica con una receta de antibióticos porque sentía que eso garantizaba la rápida recuperación de mis hijas.

 

Un mal necesario

Lo primero que hay que aclarar es que los antibióticos son medicamentos importantes. El descubrimiento de la penicilina marcó un hito en la historia de la humanidad porque aumentó la esperanza de vida de los habitantes del planeta. Y no cabe duda de que los antibióticos han salvado de la muerte a millones de personas y frenado la proliferación de enfermedades y sus complicaciones.

 

El efectivo combate de las bacterias, el acceso al agua potable y el tratamiento de las aguas servidas duplicó la esperanza de vida de la humanidad. Desde 1900 hasta la actualidad, los humanos han duplicado los años de vida hasta llegar a un promedio de 70 años a nivel mundial, aunque en España rondó los 82,3 años en el 2020.

 

Pero esa confianza ciega en los antibióticos se volvió en nuestra contra y ahora las bacterias han vuelto a ganar terreno. “Parece que las bacterias han evolucionado igual que los antibióticos y estamos ante un nuevo ejemplo de la teoría darwiniana, donde sobreviven los más aptos; es decir, las bacterias han sabido adaptarse e incluso superar la barrera de los antibióticos”, explicó la bióloga Sandra Torrades en una investigación sobre el uso y el abuso de los antibióticos.

 

Muchos tratamientos que antes eran eficaces para tratar la neumonía, la tuberculosis, la gonorrea, la septicemia ahora han perdido su utilidad total o parcialmente porque las bacterias han mutado al ser expuestas de manera excesiva a los fármacos. Las bacterias resistentes más frecuentes son Escherichia coli, Klebsiella pneumoniae, Staphylococcus aureus y Streptococcus pneumoniae, seguidas de Salmonella spp, según el Sistema Mundial de Vigilancia de la Resistencia a los Antimicrobianos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

 

La situación es tan alarmante que la misma OMS lo considera una de las amenazas más graves a la salud mundial. La comunidad científica desestimó el problema durante años porque la producción de nuevos antibióticos superaba el desarrollo de la resistencia en algunas cepas bacterianas.

 

Pero desde hace algunos años, la tendencia cambió. Y el ritmo de la resistencia a los medicamentos es más acelerada que la creación de nuevas opciones farmacológicas y eso ha contribuido al incremento de problemas sanitarios. Solo en Estados Unidos, cada año se registran dos millones de infecciones de bacterias resistentes a los antibióticos, que desencadenan en 23.000 defunciones.

 

Sólo en casos de emergencia

Las autoridades sanitarias han tomado cartas en el asunto y han emitido severas regulaciones a la venta de ese tipo de fármacos. Ya nadie se puede automedicar y los antibióticos sólo se administran bajo supervisión médica.

 

También la actitud de los médicos hacia su uso ha cambiado de manera radical. Los hospitales y asociaciones médicas han desarrollado nuevas guías de diagnóstico y tratamiento para evitar el uso inapropiado de antibióticos.

 

Lo puedo ver cuando llevo a mis hijas, ya adolescentes, al pediatra. El avance de la tecnología ha permitido desarrollar pruebas estreptocócicas rápidas, que es un frotis de garganta para determinar si hay bacterias estreptocócicas del grupo A, que pueden provocar faringitis bacterianas y otras infecciones como escarlatina, abscesos y pulmonía.

 

Con esa poderosa herramienta, los pediatras pueden determinar en 5 minutos la etiología de una inflamación y así evitar el uso de antibióticos en caso de que se trate de una infección viral.

 

Recordemos que los virus son gérmenes muy pequeños que no son susceptibles a los antibióticos. Y en la mayoría de las infecciones virales sólo hay que ser pacientes porque los tratamientos sólo nos ayudan a aliviar los síntomas como la fiebre y los dolores corporales. La clave es alimentarnos adecuadamente, hidratarnos y descansar para que sea nuestro sistema inmunitario el que luche contra la enfermedad.

 

Hasta hace unos años, los pediatras sólo contaban con las pruebas de exudado faríngeo cuando sospechaban que el paciente tenía una infección bacteriana. El procedimiento es básicamente el mismo que el de la prueba rápida. El médico toma una muestra de las secreciones que recubren la garganta con un bastoncillo. Pero en el caso del exudado, la muestra es enviada a un laboratorio para un análisis microbiológico y aunque el resultado es mucho más preciso puede tardar de dos a tres días.

 

Por eso, ante la presencia de fiebre, placas blanquecinas de pus en la garganta, dolor de oído, y secreciones verdosas, la respuesta inmediata era recetar antibióticos para evitar el empeoramiento del cuadro. Pero el uso recurrente de antibióticos puede ser grave.

 

A los nueve años mi hija fue hospitalizada nuevamente con una neumonía severa, con colapso total del pulmón derecho (neumotórax) luego de una infección respiratoria que fue tratada durante 10 días con dosis máximas de amoxicilina con ácido clavulánico.

 

La resistencia de las bacterias de su organismo requirió un tratamiento con dos antibióticos de cuarta generación y terapia respiratoria para recuperar las funciones del pulmón dañado.

 

El alimento es la mejor medicina

Trece años después de su primera neumonía, le pregunto al pediatra-neumólogo Rodrigo Ordaz Verdesobre los efectos que el uso y el abuso de los medicamentos durante la infancia puede tener en la vida adulta de un individuo: “La tendencia es volver a lo natural, que la alimentación y suplementación sea la medicina”, dijo quien fue el médico tratante de mi hija en su primera infancia.

 

Explicó que los médicos en el pasado ya estaban entrenados a prescribir antibióticos sólo cuando era necesario, como en el caso de mi hija mayor, que presentó su primera neumonía a los cinco meses cuando aún era amamantada de manera exclusiva. Es, sin duda, un caso atípico.

 

Pero ahora los médicos van mucho más allá y han desarrollado otras estrategias para reducir el uso de fármacos y fortalecer el sistema inmunológico de los pacientes para combatir la enfermedad. Ordaz Verde se ha dedicado a estudiar el impacto de la microbiota intestinal en la preservación de la salud de los individuos y está convencido de que muchas de las enfermedades adultas vienen del desarrollo deficiente de la microbiota durante la infancia.

 

“Ya se ha estudiado profundamente el genoma de la microbiota intestinal, está considerado como órgano flotante dentro del intestino, y que es tan importante que sin eso no puedes vivir. Si la microbiota enferma, enfermas tú también”.

 

El experto señala que la ciencia ha evolucionado aceleradamente desde que se decodificó el ADN del ser humano y el ADN de cada una de esas bacterias. “Y eso nos ha enseñado a conocer la importancia de esas bacterias normales que, indiscutiblemente, se borran del intestino cuando damos antibióticos y crean la disbiosis”.

 

La disbiosis intestinal es un desequilibrio constante de la flora intestinal. En nuestro organismo viven diferentes microorganismos, concretamente hay unos 100 millones de bacterias de más de 300 especies distintas. Todos son indispensables para que nuestro cuerpo funcione correctamente.

 

“Cuando damos un antibiótico, aunque haga falta, alteramos ese importante sistema. Tenemos bacterias buenas y bacterias malas, y la microbiota controla a las bacterias malas. El intestino es el eje inmunológico más grande e importante del cuerpo”, dijo Ordaz Verde.

 

Hace una década, los médicos no trabajaban con ese concepto. Pero hoy conocen que existe un eje intestino-microbiota-cerebro que regula el sistema inmune.

 

Ahora al intestino se le considera un segundo cerebro, aunque Ordaz Verde dice que debería ser el primero porque “hay más neuronas en el intestino que en el propio cerebro, se genera más información importante para el cerebro desde el intestino, que del cerebro hacia el intestino. La microbiota tiene una importancia vital, produce 70% de las hormonas con las que trabaja el cerebro”.

 

Su recomendación es preservar a toda costa la microbiota intestinal y alerta que, si cometemos imprudencias con una mala alimentación y el uso de antibióticos, rompemos la barrera intestinal que protege al organismo entero de todo lo que viene por la alimentación y permitimos que pasen al torrente sanguíneo sustancias nocivas. Es allí cuando comienzan los problemas a nivel de hígado y cerebro.

 

Ordaz Verde detalló que existe una barrera hematoencefálica que protege al cerebro de patógenos que vienen de la sangre. “Pero ya sabemos que cuando se rompe la barrera intestinal se rompe la barrera hematoencefálica y los productos tóxicos que llegan a través de la sangre también tienen facilidad de llegar al cerebro. Es el motivo del aumento de la enfermedad de Alzheimer, Parkinson, autismo, trastorno bipolar, depresión mayor y ansiedad”.

 

Los avances en la comprensión del cuerpo humano nos ofrecen esperanzas ante la creciente inefectividad de los fármacos ocasionados por las resistencias bacterianas.

Ordaz asegura que en el futuro una alimentación sana mantendrá la homeóstasis intestinal y si logramos que un niño ingiera sólo lo que necesita hasta los dos años, en su vida adulta no sufrirá de obesidad, diabetes, hipertensión arterial y también será más resistente a los patógenos del entorno.

 

La clave del bienestar es una alimentación saludable, la práctica de ejercicio, la reducción del estrés y el uso de fármacos sólo cuando es estrictamente necesario.

 

Hoy mis hijas se enferman poco porque su sistema inmune ha madurado. Pero también porque hemos adoptado profundos cambios en la alimentación familiar y en el uso de medicamentos. Y nunca me negaría a darles antibióticos si tienen una patología que realmente lo necesite, pero tengo que estar segura de que es absolutamente necesario.

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antibióticos, medicamentos

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