¿Ducha diaria o semanal? Como el agua afecta tu piel

Por Carmen Lanchares

Esta columna es parte de nuestra serie #WellWednesday donde distintos expertos comparten información, experiencias y sus filosofías de bienestar.

 

Bastó con que Mila Kunis y Aston Kushner reconociesen que ni ellos ni sus hijos se duchan a diario para encender la chispa que incendió las piras de las redes. Una fútil declaración que alimentó una de las serpientes más largas de este verano, el showergate.

Con la sostenibilidad como estandarte, la sequía galopante en muchas latitudes y el agua como un bien cada vez más escaso, aumentan las voces que estigmatizan el derroche diario que se va por los desagües de las bañeras. No es una cuestión baladí. Pero conviene no olvidar tampoco que la higiene, agua y jabón mediante, es una suerte de salvavidas y factor fundamental del vertiginoso aumento de la esperanza de vida en el siglo XX.

Pero la ducha puede ir más allá del mero acto de aseo y ser una apuesta cotidiana por el autocuidado y bienestar. Sin duda, la sensación de recién duchado, por la mañana o por la noche y, sobre todo, como colofón de una sesión de entrenamiento, es uno de los placeres diarios más gratificantes. Además, esos minutos de remojo pueden convertirse en una oportunidad para el sosiego y la meditación, focalizándonos en la sensorialidad del momento, con el agua tibia resbalando por el cuerpo o disfrutando del olor del jabón. También cantar bajo la ducha nos hace sentir bien, ya que esta práctica reduce el nivel de cortisol (la hormona del estrés), favorece las emociones positivas, ejercita la respiración y mejora notablemente el humor.

El caso es que famosos y anónimos, dermatólogos y activistas han tomado posiciones. Mientras unos lo hacen por el planeta, otros han restringido la frecuencia de esta rutina alineándose con el movimiento cleansing reduction (reducción de la limpieza). Entretanto, para el resto, ducharse a diario sigue siendo un asunto irrebatible. Eso sí, todos de acuerdo en que enjabonarse con fruición de pies a cabeza bajo un gran caudal de agua no es la opción más

saludable ni sostenible. Pero recordemos que la ducha es también un acto de respeto social.

Vivimos en comunidad y hay ciertos límites, en cuestiones de olor e higiene, que no deberían saltarse a la torera. Por ello bastaría con seguir ciertas normas, básicas, pero a menudo ignoradas, que aseguren la buena convivencia entre la piel, el agua y el medioambiente.

Las leyes de la ducha:

Una piel limpia es una piel sana. Como primer escudo de defensa del organismo frente al exterior, la piel acumula, a lo largo de la jornada, microorganismos y partículas de contaminación, polvo o suciedad que, de no eliminarse, pueden ocasionar daños cutáneos y deshidratación.

A más espuma no hay mayor limpieza. No todo vale a la hora de enjabonarse. Los productos demasiado espumosos poseen mucho glamour pero también demasiado surfactante (detergente). Mejor no sucumbir a sus encantos porque más que arrasar con la suciedad, atacan el manto hidrolipídico. Ojo también con otros aditivos como perfumes, colorantes o conservantes, agresivos con la piel y el medioambiente. En este punto, los dermatólogos son claros: mejor utilizar syndets (el jabón no jabón) cuyo pH es más respetuoso con el ecosistema cutáneo que los geles al uso. Pero si queremos hacer algo más sensorial nuestra ducha, los jabones sólidos suaves a base de aceites vegetales, como el de oliva, almendra, coco con manteca de karité preservan mejor la integridad cutánea y tienen menor impacto ambiental (duran más, precisan menos embalaje y producen menos espuma que las fórmulas líquidas).

Sin frotar. La higiene diaria no consiste en salir de la ducha como si nos hubiesen desollado. No hay mejor accesorio de baño que la palma de la mano. Es una forma sencilla para no dejarse la piel en la esponja por un exceso de fricción. Una regla, la de no frotar, que ha de aplicarse también a la hora de secarse, evitando esa querencia a arrastrar la toalla por todo el cuerpo como si fuese una apisonadora.

Temperatura, la justa. Ducharse con agua demasiado fría para reactivarse o bastante caliente para relajarse, puede que sea algo que debamos reconsiderar por la buena salud cutánea. La ducha, aseguran los dermatólogos, debe ser con agua templada. A medida que suben los grados aumentan las probabilidades de sequedad e irritación.

Cuanto más corta, mejor. Bastan cinco minutos, incluso tres, para obtener todos los beneficios de la ducha. Restringir el tiempo implica reducir el consumo de agua y mitigar los efectos deshidratantes derivados de la piel expuesta al agua y al jabón, porque, por paradójico que suene, el agua deshidrata la piel, debido a su contenido de cal, cloro así como de partículas de sales y metales.

El último paso. Si importante es el ritual bajo el agua, tanto o más debería ser el ceremonial al salir, donde no deberíamos ahorrar tiempo ni esfuerzos. Tan importante como lavarse es secarse bien, sobre todo en las zonas de pliegues, porque la humedad es un buen caldo de cultivo para los hongos. Pero no hay una ducha saludable si después no se aplica una crema hidratante, ya que esta merma la pérdida de agua a través de la piel al tiempo que contribuye a retenerla en la superficie de esta.

Y puesto que hablamos de agua y piel, permítanme una pequeña digresión sobre uno de los mitos más recurrentes de la belleza. Por mucho que modelos y aprendices de famosa aseguren que su secreto para una piel bonita es beber dos litros de agua al día, los expertos afirman que no hay evidencia científica de que la turgencia cutánea se deba a esos ocho vasos de líquido. Tomar agua es bueno para la salud. Punto. Pero no hidrata más la piel.

 

Etiquetas
ducha, higiene, belleza, salud de la piel

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