Toda la contaminación que afecta tu piel (hasta la acústica)

Por Carmen Lanchares

 

Esta columna es parte de nuestro espacio #WellWednesday donde distintas voces y expertos comparten información, experiencias y filosofías de bienestar.

 

Lo dice la Organización Mundial de la Salud (OMS): 9 de cada 10 personas en el mundo respiran aire con altos niveles de contaminantes. La consecuencia: 7 millones de muertes prematuras. Nuestros pulmones están librando una batalla desigual con todo lo que entra por nuestras narices. Este es un dogma que la ciencia lleva años documentando, un reto para los gobiernos y entidades sanitarias. Sin embargo, la contaminación es un monstruo de muchas formas, a veces esquivo, pero omnipresente, que no tiene en el aire su único hábitat ni los pulmones son sus únicos damnificados. 

Desde el cerebro -hay estudios que muestran que las partículas emitidas por los coches aceleran el deterioro cognitivo- hasta la piel y el cabello. Ni una célula de nuestro cuerpo está libre del influjo de esos tóxicos que nos acechan por tierra (fertilizantes, pesticidas y otras sustancias nocivas que nos llegan a través de los alimentos), mar (vertidos residuales, microplásticos, metales pesados…) y aire (gases de efecto invernadero, micropartículas y sustancias químicas en suspensión). Este conjunto de factores ambientales, al que se suman otros hormonales y de estilo de vida forman lo que hoy se conoce como exposoma.

Las personas somos la suma de nuestro genoma y exposoma. Pero estos no juegan en igualdad de condiciones. El primero, que supone un 20%, nos viene de serie y es inmutable. El segundo, sin embargo, es dúctil, pero con tendencia a convertirse en un mal compañero de viaje en nuestra evolución vital. 

Lo sabe muy bien nuestra piel. Hace tiempo que los dermatólogos vienen advirtiendo del impacto que tienen todos esos elementos de exposición. El sol, con un papel protagonista, no es ni de lejos el único que tiene una intervención estelar en el escenario del daño cutáneo. Como señalaba el doctor Miguel Aizpún desde la Fundación Piel Sana, en la lista también figura la contaminación, la temperatura, el uso inadecuado de cosméticos, el tabaco, la mala alimentación, el estrés y la falta continuada de sueño: “la piel va reflejando fielmente, como un espejo, todos estos impactos”.

 

Agentes infiltrados en la piel

La convivencia con los contaminantes ambientales es muy estrecha y no siempre es posible deshacerse de ellos. Vivir dentro de una burbuja o prescindir de la tecnología no es una opción, pero sí es posible ser proactivos con la sostenibilidad y el compromiso medioambiental al tiempo que suministramos a la piel material de defensa para reforzar su función barrera, equilibrar su microbiota y, en definitiva, mitigar los efectos acumulados de esos antiguos y nuevos enemigos: 

 

  1. La contaminación del aire. La piel es un órgano dinámico que proporciona una interfaz entre el cuerpo y el entorno exterior, así que como bien explica el doctor Anjali Matho en su libro Skincare Bible, es también uno de los primeros objetivos de dicha polución. Una exposición prolongada y repetitiva a las sustancias en suspensión (PAH, compuestos orgánicos volátiles, óxidos, partículas, ozono y humo de tabaco) puede tener efectos unos negativos que se ponen en evidencia con la aparición de signos de envejecimiento prematuro -arrugas y manchas-. También puede empeorar patologías inflamatorias cutáneas, desde el eczema hasta el acné. 

  2. La contaminación interior. La calidad del aire en los espacios cerrados, frecuentemente ignorada, no es un mal menor. Desde las tapicerías hasta los materiales de construcción o el mobiliario, pasando por productos de limpieza del hogar y cuidado personal así como los sistemas de aire acondicionado o dispositivos de humidificación, todos, desprenden sustancias volátiles que afectan a la salud en general y a la piel en particular, potenciando la formación de radicales libres y desencadenando ciertas reacciones que químicas que pueden perturbar el equilibrio cutáneo.

  3. La contaminación digital. Con las nuevas tecnologías y la creciente dependencia de los dispositivos digitales, ha surgido esta nueva forma de polución, causada por la luz azul que emiten las pantallas. Según algunos estudios, su longitud de onda penetra más profundamente en la epidermis que la radiación UVA, provocando estrés oxidativo en las células cutáneas. Sus efectos más notables son las alteraciones pigmentarias y la deshidratación, lo que en última instancia se traduce también en un envejecimiento prematuro.

  4. La contaminación acústica. Puede a que a priori se piense que no afecta a la piel. Pero sí. Según la Agencia de Medio Ambiente Europea, el ruido es el segundo factor de estrés ambiental más dañino en Europa, detrás de la contaminación del aire por partículas finas. Su primera consecuencia es una lenta, pero progresiva, pérdida de la audición. También incrementa los niveles de estrés y las alteraciones del sueño, dos de los agentes más importantes del exposoma, con su particular impacto en la salud y apariencia de la piel, que se vuelve más apagada, cetrina y seca. 

  5. El tabaco. Es la guinda de este amargo pastel. Ningún órgano se libra de los riesgos del tabaquismo. Tampoco la piel. Su relación con las arrugas (sobre todo patas de gallo y código de barras) está más que demostrada, lo mismo que su efecto sobre la cicatrización de las heridas. Pero lo que resulta más desconocido, como señala Matho, es que la piel de las mujeres parece más susceptible que la de los hombres a esas consecuencias, y que el hecho de ser una persona fumadora conlleva también ciertos cambios faciales como un mayor adelgazamiento de la piel, enrojecimiento facial y prominencia de los contornos óseos subyacentes de la cara. Son las secuelas de la destrucción de las fibras de soporte y del estrechamiento de los vasos sanguíneos que reducen el flujo sanguíneo en esta. Al final, paga la piel.

 

 

Etiquetas
well wednesday, belleza, cuidado de la piel, contaminación

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