¿Qué es más duro, hacer o no hacer ejercicio?

Por Beatriz Ticali

Esta columna es parte de nuestra serie #WellWednesdays donde distintas voces nos cuentan sus experiencias y filosofías de bienestar.

 

En un mundo donde la gran parte de la población relaciona el ejercicio con bajar de peso -algo que hasta hace unos años yo misma creía-, por fin se está concibiendo la posibilidad de que hacerlo puede tener otro propósito: estar saludable, por ejemplo.

Y no solo hablo de la salud del cuerpo, como tener una mejor circulación de la sangre, mayor energía, mejor capacidad de atención, entre miles de beneficios más. Me refiero a que hacer ejercicio permite mantenernos en el camino correcto hacia la salud mental y autoaceptación.

No todo es fácil. Para muchos no es simplemente inscribirse en un gimnasio, ponerse la ropa de hacer ejercicio y hacerlo varios o todos los días de la semana. Existen muchas causas que nos hacen un poco más complicada la misión. Y creo saber algunas. 

 

El diagnóstico

La primera son los prejuicios. Para una persona de talla grande o mediana, es intimidante acercarse a un lugar donde la mayoría de los cuerpos están “en forma”, siendo este el único tipo de cuerpo que la sociedad nos ha enseñado que es considerado atractivo. Por lo que es más difícil la tarea de incorporarse a un ambiente “fitness” en el que los peores juicios son los propios.

Y si el ejercicio es en casa, ver cómo se mueven nuestras carnes a la hora de hacer cardio o una posición incómoda, no es particularmente agradable para una persona que está comenzando su camino hacia el amor propio. Pero, justamente por eso, el ejercicio físico es un ejercicio mental de aceptación.

La segunda causa, en mi humilde opinión, es la comparación ¡Qué difícil es no mirar al más “fit” del lugar y no compararnos! Pasa en las redes y pasa en la vida real. Y la tercera, es la famosa y válida excusa de no tener tiempo, la cual opaca a las dos anteriores y se convierte en escudo protector para cualquier actividad o encuentro que queramos evitar.

 

Mi propio reto

Por esta razón decidí desafiarme en todos los sentidos. La última vez que salí a correr era invierno. Tenía unos seis meses usando el escudo de la falta de tiempo a capa y espada, sin tomar en cuenta que mi estrés y ansiedad podrían bajar considerablemente si hacía ejercicio. Además, de ser un excelente lugar para conocer personas nuevas.

Me inscribí en una clase de Tracy Anderson. Elegí la clase de la mañana, mi primer reto sabiendo que siempre había entrenado en las noches. Me vestí diferente a lo que uso normalmente. Nunca había hecho ejercicio en público con un crop top, pero era el momento de salir de la zona de confort y cualquiera que sepa lo que es no sentirse segura de su barriga o rollitos abdominales, sabe lo desafiante que fue mi elección. Lo combiné con bikers y salí. 

Llegué al estudio con ganas de darlo todo y, a la vez, con miedo. Sabía que la clase que iba a hacer no era precisamente para principiantes. Compré agua y me instalé en uno de los puestos que tenían ventilador personal ¡Me salvó la vida! 

Comencé la clase tranquila, pero a medida de que los ejercicios se fueron complicando, me conecté con esa parte de mí que tenía completamente olvidada. Esa yo enérgica y competitiva conmigo misma, esa que se le pone la cara roja como un tomate y que se vuelve aún más consciente de todas sus partes del cuerpo. Me di cuenta de lo cuesta arriba que era moverme, la poca resistencia y capacidad pulmonar que tenía y lo oxidada que estaba. 

No recordaba lo bien que sienta mover el cuerpo, sudar (y no precisamente para llegar a tiempo al metro), tampoco me acordaba de los dolores de músculos del día siguiente y que dentro de las molestias que causan, se sienten bien porque te recuerdan que hiciste algo por ti hace unos días.

 

Las consecuencias 

Mi humor cambió y mi energía también. Estuve más activa durante todo el día y a la hora de dormir fue más fácil conciliar el sueño.

Me considero una persona promedio, con buena autoestima en proceso de construcción. Con prejuicios propios arraigados a mi personalidad, que poco a poco estoy cambiando. Pero, son esos prejuicios los que me limitan a hacer y decir mucho. Esta vez entendí, que el prejuicio de la gordura y flacidez conectados con la belleza ha sido una de las principales razones de no darle a mi cuerpo el movimiento que necesita. 

Creo que es importante que seamos sinceros: sí, da vergüenza empezar de cero y verse como pez fuera del agua en público o verse en un espejo de tu casa haciendo uno de los ejercicios retadores de la clase de YouTube. No es fácil conseguir o hacer el tiempo para ejercitarnos, ni tampoco ser constantes y disciplinados. 

Es duro ver en las redes a las personas ejercitándose todos los días y nosotros sólo observamos. Pero, sin duda, también es duro verse en el espejo sin hacer las paces con tu cuerpo, y que tu ansiedad y el estrés se salgan de control. 

Los dos caminos son duros. Tú decides cuál quieres. Si me preguntas, después de haber movido el esqueleto por 60 minutos, sentir que me iba a desmayar como cuatro veces y querer vomitar otras tres, aún así me quedo con el camino duro del ejercicio: porque por primera vez en mucho tiempo me acerqué de una manera diferente a la autoaceptación. Ese propósito del ejercicio, amigos, es mejor que cualquier meta para bajar de peso. 


 

Etiquetas
ejercicio, tracy anderson, salud

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