Confesiones de una mujer con pestañas postizas 

Por Mariángela Velásquez

 

Nunca me he sabido maquillar los ojos. No importa cuántos tutoriales vea por YouTube. Tras varios intentos termino con los ojos irritados por el desmaquillante y la frustración de no haber logrado esos efectos ahumados que dan un toque de intensidad y misterio a la mirada. Al final salgo con la cara lavada y una rayita oscura de delineador sobre el párpado superior que uso desde la secundaria.

Sólo en dos ocasiones me he visto al espejo después de lavarme la cara en la mañana y siento que tengo los ojos perfectos. Ha sido después de ponerme extensiones  y pestañas postizas. Esas simples adiciones de pelo sintético hacen milagros en mis ojos, que siempre han sido achinados y desaparecen cuando me río. 

Mi primera vez fue cuando me casé a los 23 años. En ese momento no usaba maquillaje y bastó con que me colocaran esos arcos peludos que me recordaban a Betty Boop para hacer que mis ojos se vieran espectaculares. Pasaron los años y no se me ocurrió volver a intentarlo. Me encantaba ver a mis amigas con sus pestañas arregladas, pero nunca me sentí cómoda con los procedimientos a los que tenía que someterme para resaltarlas. 

Los rizadores de pestañas me parecen una tortura medieval. Y la otra opción era aplicarme máscara. La primera dificultad la enfrento al evitar mancharme de pintura negra porque mis pestañas superiores rozan con mis párpados caídos. También me horroriza quitarme ese pegote negro por las noches. No importa cuán caros o sofisticados sean los aceites desmaquillantes, siempre me quedaban rastros oscuros del pigmento sobre la piel que empeoran mis ojeras. 

Así que elegí el sencillo camino de usar las pestañas naturales. Esa convicción cambió cuando Cecilia Mijares me invitó hace poco a probar sus servicios en Lashes Madrid Original. Al principio pensé en rechazar la oferta porque me parecía fútil hacerme una extensiones en un momento en que mi interacción social es mínima y paso los días escribiendo desde casa. Pero luego cedí y quedé maravillada con los resultados. Volví a tener esa sensación de tener los ojos más abiertos, que para mí es una expresión de lucidez y curiosidad. Y me siento arreglada, aunque deba cubrirme la mitad del rostro con una mascarilla.

 

Cuidarse las pestañas no es nuevo

La historia del embellecimiento de las pestañas es muy antiguo. Aún hoy se reconoce a la antigua civilización egipcia por el maquillaje distintivo de sus ojos. Los hombres y las mujeres se colocaban en los párpados y las pestañas una sustancia negra llamada Kohl, que los protegía del sol y de las infecciones oculares.

Los romanos adoptaron los secretos de belleza del norte de África y el Oriente Medio, y aplicaban kohl en sus pestañas con un pequeño palo hecho de madera o hueso.

Pero los cánones de belleza difundidos en Europa por los griegos y romanos cambiaron por completo con la llegada de la Edad Media. En vez de adornar los ojos para dar un efecto seductor, las mujeres de la época buscaban un look pálido y limpio que pareciera virginal. Y para alcanzarlo llegaban al extremo de usar arsénico para aclarar la piel y arrancar una por una todas las cejas y las pestañas. Eso me duele de solo pensarlo.

Otra curiosa práctica en la historia de las pestañas ocurrió en los primeros años del siglo XX, cuando algunos osados fabricantes de pelucas franceses llegaron a coser cabellos humanos en los párpados de las parisinas. 

Pero no fue sino hasta 1911 que la canadiense Anna Taylor patentó las pestañas postizas originales, que consistían en una serie de pelos pegados en una delgada tira de tela que se fijaba con adhesivo sobre la línea de las pestañas superiores.

Una versión mejorada de ese método fue el que usó la maquilladora el día en que me colocaron mis primeras pestañas artificiales hace casi 30 años. En la actualidad, el tratamiento estético para colocar pestañas nada tiene que ver con los métodos pasados. Y por eso lo adecuado es hablar de extensiones y no de pestañas postizas. 

Se trata de un trabajo artesanal en el que la especialista dedica al menos una hora a adherir individualmente pelos diminutos entre cada una de tus pestañas naturales. Es un proceso largo pero sutil. La colocación de cada uno de los pelitos es tan cómoda que tuve que preguntarle a la chica si ya había comenzado con la sesión porque no sentía absolutamente nada. Ni picor, ni la sensación de que alguien estaba manipulando con pinzas mis párpados. Estuve tan relajada que reconozco que me dormí y hasta ronqué sobre la camilla.

 

Las belleza como emprendimiento

Cecilia Mijares, la CEO de Lashes Madrid, nunca pensó que a los 27 años sería una emprendedora del mundo de la cosmetología. Llegó a la capital española de la mano de su madre, la periodista Carleth Morales, cuando tenía seis años y desde entonces este ha sido su hogar.

Al terminar el bachillerato no sabía qué hacer. Le hubiera gustado estudiar diseño de modas o de interiores, pero eran carreras costosas que sólo eran impartidas en instituciones privadas que estaban fuera de su alcance.

Al final decidió estudiar idiomas, porque sabía que era un conocimiento que siempre sería útil y se graduó a los 23 años en la Universidad de Alcalá de Henares. Pero descubrió el negocio de la belleza cuando tuvo que alternar las clases con un trabajo que le ayudara a costear sus estudios.

Mijares expresó con candidez que llegó al mundo de la estética por casualidad y no por elección. Aprendió a colocar pestañas en un entrenamiento para uno de sus trabajos. "Me pareció bonito trabajar con los ojos. También me parece que cambia la expresión. Da un toque sutil que da un gran cambio".

Mijares percibe que las madrileñas han cambiado desde que llegó desde Venezuela cuando era una niña. Y renovado gusto por cuidar su bienestar y su aspecto es parte del éxito de su negocio. "A las madrileñas les gusta hacerse las pestañas porque se ven bien, pero también lo hacen por comodidad. Es más fácil ir al mantenimiento de las pestañas que maquillarse todos los días. Y verte diferente cuando te levantas es la parte que le gusta a la mayoría de las mujeres", cuenta sobre los gustos de su clientela.

Aunque Mijares cuenta con una clientela fiel, no puede negar "que las madrileñas prefieren el servicio en verano que en invierno, a diferencia de las venezolanas, que se arreglan todo el año".

Sobre el año que hemos vivido en pandemia, confiesa que le trajo grandes aprendizajes. Tuvo que aprender a manejar la incertidumbre y a ser creativa para mejorar los precios, las condiciones y el servicio en un momento en que muy pocos podían salir de sus casas.

Y también aprendió la importancia de perseverar. "Lo que le digo es que hay que aguantar. Si tienes confianza y fe en lo que haces hay que aguantar, porque sabes que en algún momento lo malo va a pasar", aseguró. Hoy le da empleo una veintena de familias, inmigrantes en su mayoría, incluida dos generaciones de mujeres que le anteceden: su madre y su abuela.
 

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pestanas postizas, lashes, belleza, bienestar

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