¿Sabes si vives en un oasis, un desierto o un pantano alimentario?

Por Mariángela Velásquez

 

A mi el término "desierto alimentario" me hace pensar en la Península de Macanao, una zona árida, poco poblada y con un pésimo sistema de transporte ubicada en el suroeste de la Isla de Margarita, en Venezuela. Sus habitantes se salvan del hambre extrema porque es una región de pescadores y los hombres zarpan cada madrugada hacia un mar aún oscuro para conseguir las proteínas necesarias para garantizar su subsistencia. Mientras que las mujeres se embarcan en una odisea quizás mayor para abastecerse de productos frescos como vegetales, frutas, carne y leche porque los grandes supermercados se concentran a unos 40 kilómetros de distancia, en las ciudades del este de la isla.

Macanao encaja perfectamente en la definición de “desierto alimentario”, una zona “caracterizada por la ausencia o escasez significativa de comercios de alimentación”, según cita un estudio de Guadalupe Ramos, profesora del Departamento de Sociología de la Universidad de Valladolid. Este concepto se opone completamente a los “oasis”, donde abundan comercios para conseguir insumos y otro término moderno: los pantanos alimentarios, donde lo que proliferan -cuenta un reportaje de Univision- son los locales de comida rápida y poco nutritiva.

Lo que me causó mucha sorpresa descubrir fue que el concepto de desierto alimentario no nació en América Latina ni en África. Fueron los escoceses los primeros en usarlo en 1995 para referirse a las áreas geográficas donde no hay suficiente acceso a alimentos saludables.

En la verde Escocia, al menos un millón de sus 5,5 millones de habitantes viven en lugares donde la pobreza, la dificultades de transporte y la desaparición de las grandes cadenas de supermercados han restringido la posibilidad de acceder a una buena nutrición a un bajo costo.

Y si fijamos la mirada en África la cosa se pone mucho peor. Ya no se trata de que existen sectores donde no se consiguen alimentos, sino que la seguridad alimentaria es un sólo en sueño. El 76% de las familias de once ciudades de la zona sur del continente africano se encuentra en un nivel moderado o alto de inseguridad alimentaria, lo que quiere decir que no consumen las calorías mínimas que necesitan para permanecer sanos.

 

Los desiertos y pantanos latinoamericanos

Algunos se preguntan qué sentido tiene conocer los detalles de una realidad tan deprimente. Y la respuesta es que todas las personas que estamos interesadas en la salud y en colaborar para regenerar el bienestar debemos comprender el estado nutricional del planeta. Y eso nos incluye a todos.

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el  Internacional de Emergencia de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), el Programa Mundial de Alimentos (WFP) y la Organización Panamericana de la Salud publican anualmente un informe sobre el panorama de la seguridad alimentaria y nutricional latinoamericana.

Y la polaroid es desoladora. Al menos 47 millones de personas vivieron con hambre en 2019 en América Latina y el Caribe. "Esto implica que aproximadamente el 7,4% de los habitantes de la región sufría hambre, pero de forma quizás más importante, significa también un incremento de más de 13 millones de personas en el total de población subalimentada sólo en los últimos cinco años".

También más de 190 millones de personas enfrentaba inseguridad alimentaria moderada o grave. Es decir, 1 de cada 3 habitantes de la región no tuvo acceso a alimentos nutritivos y suficientes por falta de recursos económicos. La desigualdad nutricional es evidente en casi todos los países y los expertos los describen con términos geográficos, aunque estamos hablando de un derecho humano fundamental como del acceso al alimento.

Algunos privilegiados con un poder adquisitivo medio o alto viven en "oasis alimentarios" donde se puede conseguir prácticamente de todo si tienes dinero para pagarlo. Mientras que las comunidades de menores ingresos no sólo están sometidos a las sequías de los desiertos alimentarios sino que también se encharcan en "pantanos alimentarios", donde predominaban negocios de alimentos poco saludables y de comida rápida.

"Para explicar la importancia del acceso físico a los alimentos que facilitan dietas saludables se han acuñado también los conceptos de oasis alimentario, que se asocia a la abundancia de alimentos adecuados, y el de pantanos alimentarios, referido a la abundancia de comida inadecuada para una alimentación saludable", dice el informe.

Esa situación es particularmente grave en México, uno de los países con la mayor tasa de sobrepeso y obesidad del mundo, que afecta al 75% de la población.

La alimentación tradicional, tan variada y reconocida internacionalmente, comenzó un proceso de transformación desde la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, según sus siglas en inglés). Y aunque los beneficios comerciales de la alianza han sido estudiados al detalle, poco se sabe de impacto que los cambios en el ambiente alimentario ha traído para la salud de los mexicanos.

El tratado facilitó la proliferación de las cadenas globales de comida rápida y aumentó la importación de alimentos ultraprocesados baratos, que son consumidos por las personas de menores ingresos. Tanto en México como en Brasil el índice de masa corporal es más bajo en las localidades de mayores ingresos, donde el ambiente alimentario es mejor. 

 

El buen ejemplo español

Son muchas las buenas prácticas que han tenido los españoles a nivel alimentario. Un gran acierto fue la asimilación del tomate, los pimientos, las especias, las patatas, las judías, nativos de América, en sus recetas locales hasta consolidar la archiconocida dieta mediterránea.

Aunque las pérdidas de las colonias, las epidemias y las guerras sumieron a España en los siglos XVII, XIX y XX en varios períodos de hambruna, carestía y racionamiento. La buena noticia es que la producción, procesado y distribución de alimentos ha sufrido una gran transformación en los últimos 60 años.

Ahora a España se le conoce como la huerta de Europa, porque un poco más del 90 por ciento de su producción se vende a los otros 27 países pertenecientes a la Unión Europea. Y es una tendencia que sigue en ascenso. La exportación española de frutas y hortalizas frescas en 2020 experimentó un crecimiento del 7,7% respecto a 2019 hasta alcanzar los 14.594 millones de euros, según Federación Española de asociaciones de productores exportadores de frutas, hortalizas, flores y plantas vivas (Fepex).

El 10% remanente es suficiente para que los españoles sean grandes consumidores de alimentos frescos. El consumo medio anual por persona de fruta fresca fue de 90,49 kilos y 56,88 kilos en el caso de las hortalizas. Dos de cada tres españoles en casa comen fruta como postre en la comida o la cena; y la mitad consume verdura una vez al día.

Otro dato que distingue a España de Estados Unidos, América Latina, África y algunos países europeos como Gran Bretaña es que no existen desiertos alimentarios. Uno de cada cinco nuevos negocios del sector de supermercados durante 2020 se abrió en zonas rurales, lo que evita la existencia de “desiertos alimentarios”, dijo la Asociación Española de Distribuidores, Autoservicios y Supermercados (Asedas).

De los 1.250 establecimientos inaugurados el año pasado, un 19,3 % se concentró en municipios de menos de 5.000 habitantes. “La distribución alimentaria no sólo es esencial, sino también un sector tractor de la economía española por su capacidad de crear empleo y de hacerlo en zonas que necesitan un impulso para retener población. El modelo ayuda a la creación y mantenimiento de pequeñas empresas de autoservicios o supermercados”, ha destacado su director general, Ignacio García Magarzo a la agencia de noticias EFE.

Soy de las privilegiadas en vivir en un oasis alimentario, aunque mis hijas nacieron en Margarita, esa isla caribeña donde es muy difícil conseguir a diario todos los alimentos para tener una alimentación saludable. Y por eso puedo dar fe de los esfuerzos de la sociedad española por intentar que su población tenga acceso a una nutrición balanceada. 

A tres kilómetros a la redonda de mi hogar en San Sebastián de los Reyes, una ciudad de unos 80 mil habitantes ubicada a unos 17 kilómetros al norte de Madrid, hay al menos 20 expendios de alimentos, entre grandes cadenas como Día, Mercadona, Ahorra Más, Lidl, fruterías, carnicerías, charcuterías medianas y pequeños abastos.

Los gobiernos regionales se esfuerzan por proveer los requerimientos nutricionales mínimos a los pequeños y mantener los hábitos saludables en los estudiantes un poco más grandes. Mi hija menor de 11 años almuerza a diario un menú de primer plato, segundo plato, postre y leche en el comedor escolar, que es un servicio permanente de la escuela pública a la que asiste, mientras que la que cursa primer año de educación secundaria obligatoria recibe una fruta y un vaso de leche como merienda en uno de sus recesos.

Y aunque el modelo español es perfectible (como el imperativo de reducir el uso de pesticidas y aumentar las prácticas de agricultura regenerativa) es un buen ejemplo de cómo un país que ha sido golpeado por el hambre puede convertirse en una potencia alimentaria.

 

 

 

Etiquetas
alimentación, nutrición, salud, bienestar, oasis alimentario

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